Perder la tarjeta
Viernes, 30 de Noviembre de 2007
Al solicitar una tarjeta bancaria nos hacemos responsable del uso de

Al solicitar una tarjeta bancaria nos hacemos responsable del uso de

Hay tanta presión en el mercado para tratar de ofertar productos originales y distintos que, al final, nos encontramos con los mismos perros pero con distintos collares.
Es el caso de la Visa Pau Gasols, comercializada por el grupo Banco Popular que bajo la imagen de ese conocido y extraordinario deportista intenta diferenciarse del resto de tarjetas existentes en el mercado.
Pero una vez que entras en detalles te percatas de que no deja de ser el producto estándar del mercado, solamente con la firma de Gasols en el anverso del plástico.
Claro que habría que amortizar el buen contrato que el baloncestista se llevó por dar imagen al grupo bancario.

El gran éxito de la tarjeta Iberia y las de otras compañías es innegable debido a que en la práctica real son los programas de promoción más atractivos del mercado. No necesitas acumular miles de puntos para conseguir un osito de peluche sino que vas realizando tus viajes, sean de negocios o particulares, y poco a poco ves engrosar la cuenta de puntos que te permitirá conseguir pasajes gratuitos.
Esa es una buena manera de incentivar al titular y de premiar su fidelidad: por algo se conocen como tarjetas de fidelización.
Las demás, para el muñeco de peluche.

Siempre hemos sido partidarios de pagar los servicios, entre otras valiosas razones porque las cosas gratuitas salen caras a la larga y te incapacitan para reclamar cuando no se cumplen las expectativas o los contratos.
Sin embargo el caso de las tarjetas de crédito salta a la excepcionalidad puesto que habitualmente las comisiones por emisión y mantenimiento que cargan las entidades bancarias no sólo no están justificadas sino que deberían devolver dinero a sus titulares, como se ha demostrado en estos últimos años con los descuentos que la mayoría de los emisores aplican a determinadas compras o sectores concretos.
Así que si todavía te dejas cargar con esas comisiones, opta por alguna solución: o negocias con tu banco que las elimine o acude a cualquier otro emisor (los hay por decenas) que te proporcionan la tarjeta libre de comisiones y para toda la vida. Y como dice el eslogan, sin cambiar de banco.
Ya hemos comentado por aquí las costumbres de uso de las tarjetas tan radicalmente opuestas al resto de los titulares de nuestro entorno: muchas veces contemplamos un objeto de deseo, consultamos el precio y nos vamos al cajero automático más próximo para sacar el importe en efectivo. Absurdo, ¿no?
Contra estas prácticas lucha denodadamente la banca desde hace tiempo sin mucho resultado aunque algunas promociones, como la que ahora está realizando Euro6000, invitan al uso directo de la tarjeta al obtener descuentos inmediatos al realizar el pago con la misma.
Lo peor, lo que sigue siendo un mal endémico, es el uso de la tarjeta cuando no se tiene dinero en lugar del propio dinero. Luego, vienen las sorpresas.

Una de las formas más habituales de delincuencia con tarjetas de crédito se produce cuando se realiza el famoso “skimming”, es decir cuando a través cualquier medio se copian los datos contenidos en las pistas de la banda magnética de la tarjeta, lo que supone la posibilidad de duplicación de esos datos reales en cualquier otra banda magnética de otro plástico.
Por eso, lo más conveniente es no peder de vista nuestra tarjeta cuando realizamos una transacción de pago.
Desde hace unos pocos años se han puesto a disposición de los comercios los terminales móviles que permiten mantener la tarjeta siempre presente ya que es el terminal el que se acerca a la mesa, en un restaurante, por ejemplo, en lugar de que el camarero se la lleve trayendo después la boleta para su firma.
Un buen invento.

Como casi todas las cosas humanas, las leyes se promulgan mucho tiempo después de que en la práctica, en el mundo real, se hayan producido.
En especial, todo lo relativo a la tecnología ha ido siempre muy por delante del derecho y cuando éste ha querido reaccionar, la norma queda obsoleta por la rapidez de la evolución de la tecnología.
Algo así ha sucedido en el ámbito de las tarjetas de crédito y de pago que ha hecho gran parte de su camino sin que hubiera normativa que ampara su uso más allá de los propios contratos suscritos entre el emisor del plástico y el titular y los comercios.
Y la bibliografía, tampoco ha acompañado más que en estudios sectoriales o enfocados a aspectos concretos de estos productos financieros.
Hemos encontrado una muy interesante publicación que supone un esfuerzo de aglutinar todo lo legislado acerca de las tarjetas. Sólo recomendable para profesionales del sector.
Si hace no muchos meses era Master Card, la gran hermana junto a Visa y Europay, la que anunciaba su salida a bolsa para así poder capitalizarse y dar mejor servicio y beneficios a sus accionistas, justo la semana pasada Visa ha anunciado la función de todos sus negocios mundiales, excepto Visa Europe que seguirá en manos de los bancos europeos.
Estos movimientos no vas a afectar en nada, ni para bien ni para mal, a los titulares de tarjetas. Consisten, básicamente, en diseños de ingeniería financiera para mayor gloria de sus ejecutivos, de sus “bonus” personales y de los beneficios de sus accionistas.
Así que nada de hacerse ilusiones: o negocias duro con el director de tu sucursal para que te abone la comisión anual o nada pasará a pesar de las cotizaciones bursátiles.


Son curiosos los movimientos pendulares, desde el punto de vista del marketing, que se observa en el mundo de la tarjetas de crédito.
Hace años, lo normal era guardar en la cartera una sola tarjeta que además era de débito, y, como mucho, se implantó la segunda, la de pago aplazado a final de mes.
De un tiempo a esta parte, las tarjetas genéricas han tratado de identificarse con una marca comercial, con una actividad, con un club de fútbol, hasta con una ideología política.
No tiene mucho sentido ser titular de más de una tarjeta, salvo que la misma nos reporte un beneficio adicional relacionado con nuestra profesión o con el medio habitual donde gastamos nuestro dinero.

Cómo lo habrán visto las entidades bancarias, tan poco proclives a los actos solidarios o la ayuda desinteresada, que muchas de ellas han introducido entre sus normas de buen gobierno interno lo que se ha dado en llamar “la acción social”.
Como no podía ser de otra manera, esa filosofía ha llegado también hace algún tiempo a las tarjetas de crédito.
Una de las campañas que más no ha llamado la atención es la emprendida por BanCaja que dona el 50% de los beneficios de las operaciones efectuadas con la tarjeta a la O.N.G. que se elija.
Y, además, te personaliza el plástico con el logotipo o con motivos de la organización que quieras.
No está mal como comienzo.